El señor Pérez se despertó ese día a las 7.30 en punto al sonido del despertador, tal y como todos los días. Como hacía siempre nada más despertarse, le mandó el habitual mensaje de "buenos días" a su novia, la señorita Martínez, contándole que había soñado con los futuros hijos que tendrían: una parejita con el pelo rubio de ella y la miopía de él. Volverían a hablar a las 9.00 de la noche, cuando ella le llamaría (el día anterior le llamó él) y estarían hablando hasta las 9.45, hora de preparar la cena. Se conocían desde el instituto, aunque no empezaron a salir en serio hasta empezar la universidad, y desde entonces nada les había separado más que un par de peleas sin importancia. Parecían estar hechos el uno para el otro. El paso de los años había hecho que se complementaran a la perfección, hasta el punto de que ambos fueran totalmente dependientes el uno del otro.
Poco a poco habían ido cayendo en una especie de rutina en la que los dos estaban a gusto, ya que podían relajarse al llegar a casa y evitar más complicaciones que las que les daba el trabajo. Solían ir al cine los viernes, un día elegía ella la película, al siguiente le tocaba a él. Veían la peli en silencio, besándose sin perder de vista la pantalla. Los sábados quedaban con otra pareja para cenar: mientras que ellos hablaban de deportes, ellas se ponían al día burlándose de viejas amistades que tenían en común.
El señor Pérez continuó con su rutina: se dio una ducha rápida, sacó el tazón de cereales y se dispuso a desayunar mientras veía la tele, a la vez que no perdía de vista el reloj de la cocina. Ese día tenía reunión y no podía llegar tarde. El señor Pérez trabajaba en una consultoría multinacional de nombre impronunciable. Llevaba en la empresa desde antes de terminar la carrera de Empresariales, pues había realizado allí las prácticas de la carrera. Consiguió quedarse e ir ascendiendo puestos en la empresa gracias a su constante labor y a su imposibilidad para negarse a hacer horas extra. Este último punto había sido un motivo recurrente de discusión en las escasas peleas que mantenía con la señorita Martínez.
Parecía un día más en la vida del señor Pérez, pero él estaba un poco más nervioso de lo normal. Su multinacional empresa había absorbido a una pequeña compañía de servicios, y esa mañana él tenía que reunirse con los escasos trabajadores que los del departamento de recursos humanos había considerado como válidos. "Al menos no tengo que reunirme con los que se han quedado en el paro" se decía para sus adentros para quitarse presión. Lo que el señor Pérez no sabía es que esa reunión golpearía tanto su vida que la derrumbaría como un castillo de naipes.
(Continuará)
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lunes, 24 de enero de 2011
martes, 18 de mayo de 2010
Autobiografía en cinco capítulos
- Bajo por la calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Me caigo dentro,
Estoy perdido... me siento impotente.
No es culpa mía.
Tardo una eternidad en salir de él.
- Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera:
Finjo no verlo.
Vuelvo a caer dentro.
No puedo creer que esté en ese mismo lugar.
Pero no es culpa mía.
Todavía me lleva mucho tiempo en salir de él.
- Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Veo que está allí.
Caigo en él de todos modos... es un hábito.
Tengo los ojos abiertos.
Sé dónde estoy.
Es culpa mía.
Salgo inmediatamente de él.
- Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Paso por el lado.
- Bajo por otra calle.
Poema tibetano
miércoles, 20 de enero de 2010
Pensamientos en una noche de invierno
Cuatro de la mañana. Una noche más volviendo a casa en el búho(*) deseando llegar para poder meterme en la cama a descansar. De pie. El autobús iba lleno, como siempre. Como de costumbre, había un grupo de chavales con ganas de marcha, bebiendo y fumando dentro del autobús. Cuando les vi debían de ya llevar un rato sin que nadie les dijese nada. Muchas malas caras alrededor, pero ninguna palabra. Grito.
Los chavales se ponen gallitos y me dicen que abra mi ventanilla. Les mando a la mierda. El autobús se me une. Gritos. Los chavales se acobardan, pero siguen en sus trece.
Al final aparece un policía de paisano (nada de incógnito, simplemente volvía a su casa en el bus), los chavales se acojonan y apagan los cigarros. El autobús festeja su éxito.
- Siempre tiene que haber unos gilipollas - comparte una señora con el gentío.
- Y siempre los habrá. El problema es si el resto les dejamos creerse los amos del mundo.
Ya sin humo, me sentía peor. No sabía qué me jodía más, el hecho de que haya unos gilipollas que se crean por encima del resto, que haya tenido que aparecer un policía para solucionar el problema, o que la gente sea tan jodidamente pusilánime como para aguantar sin decir nada. Creo que lo último.
Siguiendo la moda de enlazar posts, eché en falta unas palabras de Howard Beale.
(*) Búho: autobús nocturno, para los no-madrileños. Aunque no sé si habrá alguno que lea el blog. Realmente dudo de si hay alguien que lea el blog.
Los chavales se ponen gallitos y me dicen que abra mi ventanilla. Les mando a la mierda. El autobús se me une. Gritos. Los chavales se acobardan, pero siguen en sus trece.
Al final aparece un policía de paisano (nada de incógnito, simplemente volvía a su casa en el bus), los chavales se acojonan y apagan los cigarros. El autobús festeja su éxito.
- Siempre tiene que haber unos gilipollas - comparte una señora con el gentío.
- Y siempre los habrá. El problema es si el resto les dejamos creerse los amos del mundo.
Ya sin humo, me sentía peor. No sabía qué me jodía más, el hecho de que haya unos gilipollas que se crean por encima del resto, que haya tenido que aparecer un policía para solucionar el problema, o que la gente sea tan jodidamente pusilánime como para aguantar sin decir nada. Creo que lo último.
Siguiendo la moda de enlazar posts, eché en falta unas palabras de Howard Beale.
(*) Búho: autobús nocturno, para los no-madrileños. Aunque no sé si habrá alguno que lea el blog. Realmente dudo de si hay alguien que lea el blog.
lunes, 22 de junio de 2009
'El mendigo y el ladrón' (1915) por Ricardo Flores Magón
A lo largo de la avenida risueña van y vienen los transeúntes, hombres y mujeres, perfumados, elegantes, insultantes. Pegado a la pared está el mendigo, la pedigüeña mano adelantada, en los labios temblando la súplica servil.
- ¡Una limosna, por el amor de Dios!
De vez en cuando cae una moneda en la mano del pordiosero, que éste mete presuroso en el bolsillo prodigando alabanzas y reconocimientos degradantes. El ladrón pasa, y no puede evitar el obsequiar al mendigo con una mirada de desprecio. El pordiosero se indigna, porqué también la indignidad tiene rubores, y refunfuña atufado:
- ¿No te arde la cara, ¡bribón!, de verte frente a frente de un hombre honrado como yo? Yo respeto la ley: yo no cometo el crimen de meter la mano en el bolsillo ajeno. Mis pisadas son firmes, como las de todo buen ciudadano que no tiene la costumbre de caminar de puntillas, en el silencio de la noche, por las habitaciones ajenas. Puedo presentar el rostro en todas partes; no rehuyo la mirada del gendarme; el rico me ve con benevolencia y, al echar una moneda en mi sombrero, me palmea el hombro diciéndome. “¡buen hombre!”
El ladrón se baja el ala del sombrero hasta la nariz, hace un gesto de asco, lanza una mirada escudriñadora en torno suyo, y replica al mendigo:
- No esperes que me sonroje yo frente a ti, ¡vil mendigo! ¿Honrado tú? La honradez no vive de rodillas esperando que se le arroje el hueso que ha de roer. La honradez es altiva por excelencia. Yo no sé si soy honrado o no lo soy; pero te confieso que me falta valor para suplicar al rico que me dé, por el amor de Dios, una migaja de lo que me ha despojado. ¿Qué violo la ley? Es cierto; pero la ley es cosa muy distinta de la justicia. Violo la ley escrita por el burgués, y esa violación contiene en si un acto de justicia, porque la ley autoriza el robo del rico en perjuicio del pobre, esto es, una injusticia, y al arrebatar yo al rico parte de lo que nos ha robado a los pobres, ejecuto un acto de justicia. El rico te palmea el hombro porque tu servilismo, tu bajeza abyecta, le garantiza el disfrute tranquilo de lo que a ti, a mi y a todos los pobres del mundo nos ha robado. El ideal del rico es que todos los pobres tengamos alma de mendigos. Si fueras hombre, morderías la mano del rico que te arroja un mendrugo. ¡Yo te desprecio!
El ladrón escupe y se pierde entre la multitud. El mendigo alza los ojos al cielo y gime: -¡Una limosna, por el amor de Dios!
Vía Mimetist
¿Y tú? Si tuvieras que elegir... ¿mendigo o ladrón?
viernes, 2 de mayo de 2008
El principio del fin.
Corría el año 2023, mayo para ser exactos, caminaba por la cuarta avenida de Nueva York, o lo que quedaba de ella, a la altura con la 71. Iba por la calzada, arrastrando los pies por el deteriorado asfalto mientras el bajo de mis viejos pantalones acariciaba suavemente el bordillo.
Manhattan había cambiado mucho en los dos últimos años. Desde que estalló aquella maldita guerra todo parecía mucho más gris. Más oscuro. Por aquellas calles, en las que una mera sonrisa era tomada como un signo de debilidad, andaba yo con mi aparente pose de tipo duro. No saben lo complicado que es hacerse pasar por un tipo duro cuando pesas poco más de 55 kilos. Para ello, vestía siempre con ropas bien anchas para intentar esconder mis raquíticas extremidades. Sin embargo, el efecto conseguido era casi el contrario al deseado, al verse tal cantidad de ropa para tan poca carne.
-¡Peter! - Exclamó un hombre mayor desde la puerta de un antiguo comercio.
Se trataba de Jim Kodrick, un judío que llevaba desde que tengo memoria a cargo de una pequeña tienda de alimentación, cerca de Central Park. Le saludé y me acerqué a donde estaba. El aspecto del local era desolador, el escaparate estaba vacío y no parecía que hubiese entrado nadie en toda el día.
-¿Vienes a comprar, Peter? - Preguntó una voz juvenil desde dentro de la tienda. Era Tim, el hijo de Jim, con quien había hecho amistad en la infancia. Habíamos sido buenos amigos, pero siempre, cuando mejor me lo estaba pasando, tenía que irse a cuidar la tienda. Era algo que me sacaba de quicio.
-Hola Tim. No, no he traído dinero... - No tenía ninguna intención de comprar ahí, la comida dejaba mucho que desear. No eran mala gente y estaban pasando por un mal momento. Para ser sinceros, llevaban dos años de malos momentos. Pero yo tampoco estaba mucho mejor.
-Pues te lo dejo a fiar - Dijo rápidamente Jim al ver la posibilidad de hacer la primera venta del día, mientras echaba su cuerpo hacia delante y las arrugas de la cara le desaparecían de puro nerviosismo.
-No, no... - De inmediato, Jim volvió a su relajada pose y las arrugas volvieron a florecer en su rostro. De ninguna manera iba a comprar ahí. Ya lo había hecho alguna vez, por pena más que nada, pero al final había tenido que tirar la comida. Hablé un poco con ellos, puse alguna excusa que no recuerdo y me largué de allí.
-Adiós, Im
-Adiós - Refunfuñaron los dos, tras un pequeño suspiro. A pesar de que ya había perdido la gracia, siempre me despedía de ellos de la misma manera. Me resultaba curioso que padre e hijo tuvieran nombres tan parecidos.
Ya lo sé, mi nombre tampoco es que sea gran cosa, demasiado ordinario quizás, pero tampoco está mal. Ya me entienden, no hay ningún presidente de los Estados Unidos que se llame Peter, pero tampoco conozco muchos vagabundos que se llamen así. La verdad es que tuve suerte, porque mi padre estaba en el trabajo cuando nací. Él quería llamarme Holden si era niño y Naoko si era niña, que al parecer eran los protagonistas de unos libros que le gustaban mucho. Puede que fueran unos personajes maravillosos, sinceramente no lo sé, pero tenían unos nombres horribles. Peor suerte tuvieron mis primos gemelos, Simón y Pablo, que creo que algo tenían que ver con un grupo de música de hace mil años.
Yo, como les he dicho, me libré de tal atrocidad por haber nacido cuando no debía. Mis padres, que no andaban muy bien de dinero por aquel entonces, intentaron tener el primer niño del año 2000. Sus ilusiones se desvanecieron inesperadamente una fría tarde de Noviembre, casi dos meses antes de lo previsto. Mi madre estaba tan disgustada por haber tenido un bebé sietemesino mientras mi padre trabajaba que optó por llamarme igual que un enfermero de buen ver que la ayudó en el parto. Mi padre nunca se lo perdonó y mi madre a él tampoco. Como ven, traje la felicidad al hogar.
Manhattan había cambiado mucho en los dos últimos años. Desde que estalló aquella maldita guerra todo parecía mucho más gris. Más oscuro. Por aquellas calles, en las que una mera sonrisa era tomada como un signo de debilidad, andaba yo con mi aparente pose de tipo duro. No saben lo complicado que es hacerse pasar por un tipo duro cuando pesas poco más de 55 kilos. Para ello, vestía siempre con ropas bien anchas para intentar esconder mis raquíticas extremidades. Sin embargo, el efecto conseguido era casi el contrario al deseado, al verse tal cantidad de ropa para tan poca carne.
-¡Peter! - Exclamó un hombre mayor desde la puerta de un antiguo comercio.
Se trataba de Jim Kodrick, un judío que llevaba desde que tengo memoria a cargo de una pequeña tienda de alimentación, cerca de Central Park. Le saludé y me acerqué a donde estaba. El aspecto del local era desolador, el escaparate estaba vacío y no parecía que hubiese entrado nadie en toda el día.
-¿Vienes a comprar, Peter? - Preguntó una voz juvenil desde dentro de la tienda. Era Tim, el hijo de Jim, con quien había hecho amistad en la infancia. Habíamos sido buenos amigos, pero siempre, cuando mejor me lo estaba pasando, tenía que irse a cuidar la tienda. Era algo que me sacaba de quicio.
-Hola Tim. No, no he traído dinero... - No tenía ninguna intención de comprar ahí, la comida dejaba mucho que desear. No eran mala gente y estaban pasando por un mal momento. Para ser sinceros, llevaban dos años de malos momentos. Pero yo tampoco estaba mucho mejor.
-Pues te lo dejo a fiar - Dijo rápidamente Jim al ver la posibilidad de hacer la primera venta del día, mientras echaba su cuerpo hacia delante y las arrugas de la cara le desaparecían de puro nerviosismo.
-No, no... - De inmediato, Jim volvió a su relajada pose y las arrugas volvieron a florecer en su rostro. De ninguna manera iba a comprar ahí. Ya lo había hecho alguna vez, por pena más que nada, pero al final había tenido que tirar la comida. Hablé un poco con ellos, puse alguna excusa que no recuerdo y me largué de allí.
-Adiós, Im
-Adiós - Refunfuñaron los dos, tras un pequeño suspiro. A pesar de que ya había perdido la gracia, siempre me despedía de ellos de la misma manera. Me resultaba curioso que padre e hijo tuvieran nombres tan parecidos.
Ya lo sé, mi nombre tampoco es que sea gran cosa, demasiado ordinario quizás, pero tampoco está mal. Ya me entienden, no hay ningún presidente de los Estados Unidos que se llame Peter, pero tampoco conozco muchos vagabundos que se llamen así. La verdad es que tuve suerte, porque mi padre estaba en el trabajo cuando nací. Él quería llamarme Holden si era niño y Naoko si era niña, que al parecer eran los protagonistas de unos libros que le gustaban mucho. Puede que fueran unos personajes maravillosos, sinceramente no lo sé, pero tenían unos nombres horribles. Peor suerte tuvieron mis primos gemelos, Simón y Pablo, que creo que algo tenían que ver con un grupo de música de hace mil años.
Yo, como les he dicho, me libré de tal atrocidad por haber nacido cuando no debía. Mis padres, que no andaban muy bien de dinero por aquel entonces, intentaron tener el primer niño del año 2000. Sus ilusiones se desvanecieron inesperadamente una fría tarde de Noviembre, casi dos meses antes de lo previsto. Mi madre estaba tan disgustada por haber tenido un bebé sietemesino mientras mi padre trabajaba que optó por llamarme igual que un enfermero de buen ver que la ayudó en el parto. Mi padre nunca se lo perdonó y mi madre a él tampoco. Como ven, traje la felicidad al hogar.
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